Jhumpa Lahiri. Tierra desacostumbrada

Tierra desacostumbrada

Recordaba a sus hijos cuando regresaban de la universidad, impacientes con él y su mujer, enamorados de su independencia recién adquirida, siempre deseoso de marcharse. Eso atormentaba a su esposa y, aunque nunca lo hubiera reconocido, también le había hecho sufrir a él. En aquellas ocasiones no podía por menos de pensar lo pequeños que habían sido, lo indefensos que estaban en sus brazos, necesitados de él para su supervivencia, sin conocer a nadie más. Su mujer y él eran su mundo entero. Pero con el tiempo esa necesidad se disipó, menguó hasta convertirse en algo amorfo, tenue, algo que en ocasiones amenazaba con quebrarse. Esa pérdida también le estaba reservada a Ruma: sus hijos se convertirían en desconocidos, la evitarían. Y puesto que era hija suya, quería protegerla de ello, tal y como siempre había intentado protegerla de tantas cosas. Quería resguardarla del deterioro que inevitablemente se daba en el transcurso de un matrimonio, y de la conclusión que a veces temía que fuese cierta: que toda empresa de tener una familia, de traer hijos a este mundo, por gratificante que pudiera llegar a ser a veces, era una causa perdida desde el principio. Pero todo esto no eran más que especulaciones de un anciano, un anciano que ahora estaba portándose como un crío.

Con el nacimiento de Akash en su súbita y perfecta presencia, Ruma había sentido una suerte de temor reverencial por primera vez en su vida. Él aún tenía esa capacidad de dejarla pasmada en ocasiones: el simple hecho de que respirara, de que sus órganos estuvieran en el sitio adecuado, de que la sangre fluyera en silencio y con efectividad por sus pequeños pero fuertes miembros. Era carne de su carne y sangre de su sangre, le dijo su madre en el hospital el día que nació Akash. Sólo que las palabras que utilizó fueron más literales, enriqueciendo de significado la trillada expresión: “Está hecho de tu propia carne y de tu propio hueso.” Eso había llevado a Runa a reconocer lo sobrenatural en la vida cotidiana. Pero la muerte también podía causar ese temor reverencial, ahora lo sabía: que un ser vivo pudiera estar vivo durante años y años, pensando, respirando y comiendo, lleno de un millón de preocupaciones, sentimientos y pensamientos, ocupando espacio en el mundo, y luego, en un instante, se tornara ausente, invisible.

Indigno de ser humano. Osamu Dazai

Indigno de ser humano. Osamu Dazai

“Me presentaron a los compañeros y me obligaron a comprar un panfleto y después escuché la conferencia que dio un hombre joven, horriblemente feo, sobre economía marxista. Me dio la impresión de que todo lo que dijo era obvio; pero, incluso estando de acuerdo, supe que algo más incomprensible y horrible se escondía en el alma humana. No se trataba solo de ambición ni vanidad, ni tampoco de una mezcla de deseo sexual y avaricia; no lo entendía ni yo mismo; pero sentía que la sociedad humana no era solo economía, sino que en el fondo acechaba algo misterioso”.

“Hasta cierto punto, logre acostumbrarme a fingir descaro. En el fondo del corazón no había perdido ni un ápice de miedo al aplomo y la violencia de los humanos; más, aunque con dejar de sentir ese miedo y ese sufrimiento, en la superficie me había acostumbrado poco a poco a saludar mirando la cara… ¡No!¡Esto no es cierto! No podía hablar con alguien sin mostrar con dolorosas sonrisas la bufonería de mi derrota.”

“Mientras tomaba sake, me sentía tan relajado que ni tenía que representar mis bufonerías. Bebiendo en silencio, no ocultaba mi verdadero carácter, callado y sombrío.”

“La sociedad. Para entonces hasta yo estaba empezando a tener una ligera idea de qué se trataba. O sea, una lucha entre individuos. Y una lucha en el que ganarla lo supone todo. El ser humano no obedece a nadie. Los seres humanos no pueden relacionarse más allá de la rivalidad entre ganar y perder. A pesar de que colocan a sus esfuerzos etiquetas con nombres grandilocuentes, al final su objetivo es exclusivamente individual y, una vez logrado, de nuevo, sólo queda el individuo. La incomprensibilidad de la sociedad es la del individuo.”

Donald Ray Pollock. Knockemstiff

Knockmestiff

Cuando los del pueblo lo llamaban “tarado”, lo que en realidad querían decir era “solitario”. O por lo menos a Daniel le gustaba fingir eso. Necesitaba el pelo largo. Sin él, no era más que un siniestro adefesio rural de Knockemstiff, Ohio: gafas de viejo, brotes de acné y un pecho de pollo esmirriado. ¿Alguna vez habéis probado en ser alguien así?. Cuando tienes catorce años, es peor que estar muerto. Y es por eso por lo que cuando su viejo le serró el pelo con un cuchillo de jardinero, el mismo que usaba su madre para cortar la salchicha ahumada roja en rodajas y raspar las papadas del cerdo, fue como si se le hubiera cortado también su fea cabeza.

El viejo lo había pillado en el ahumadero jugando a Romeo con Lucy, la muñeca de su hermana pequeña. Se lo estaba montando a lo grande con ella, fingiendo que era Gloria Hamlim, una animadora mocosa y dentuda que el año anterior le había escupido leche con cacao en la cafetería del instituto.

– Chaval, ésa es la muñeca de Mary – le dijo el viejo mientras abría de golpe la puerta del ahumadero. Habló en tono neutro, como si simplemente le estuviera comentando que en la radio anunciaban lluvias o que volvía a bajar el precio de los cerdos.

Para colmo, Daniel no fue capaz de parar ni siquiera de aminorar la marcha. Atrapado en aquella luz resplandeciente del sol de julio que entraba a raudales por la puerta abierta, se encontraba en ese punto en que su fantasía es que Gloria le estaba suplicando que la partiera por la mitad con su monstruo enorme y peludo. Su pobra mano no podría haberse detenido ni aunque el viejo se la hubiera cortado y la hubiera echado a los perros. Con un estremecimiento, descargó su lechada encima de la cara de plástico de Lucy, con aquella boca torcida de color naranja y aquellos ojos azules oscilantes. Luego, como si fuera una profecía, una avispa negra bajó planeando desde las vigas y aterrizó suavemente sobre el pelo rubio falso de la muñeca.

– Esa es la muñeca de Mary – repitió el viejo, esta vez subiendo las revoluciones de la voz, que le salió cargada de estática. Se quedó allí plantado un momento, mirando la muñeca que Daniel no había soltado todavía. La avispa empezó a forcejear para desprenderse del pelo pegajoso. – Siempre he sabido que eras un retrasado – dijo, estirando el brazo y aplastando el insecto con los dedos calloso. Luego frunció los labios y soltó un escupitajo de jugo de tabaco marrón sobre los pies descalzos de Daniel.