Stoner. John Williams

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William Stoner, hijo único de un matrimonio de granjeros que sobrevive en la penuria, es enviado a estudiar agricultura a la Universidad de Missouri. El objetivo de su padre es sencillo: que el chico aprenda técnicas nuevas y que, a la vuelta, se haga cargo de la granja. Pero en esas clases donde se sabe un intruso descubre la literatura, y de qué manera puede cambiar su vida. A partir de ahí, su fracaso matrimonial, su no del todo feliz peripecia profesional, su fidelidad a la institución, su búsqueda constante de una esquiva paz interior. Pero, sobre todo, una manera de hablar, de contar, que han merecido el elogio unánime de la crítica.
Su madre contemplaba su vida con paciencia, como si fuera un momento largo que tuviera que aguantar.

Hacía su trabajo en la universidad igual que lo hacía en la granja —rigurosamente, a conciencia, sin placer ni angustia

El profesor era un hombre de mediana edad, de cincuenta y pocos, se llamaba Archer Sloane y acudía a su tarea de enseñar con aparente desdén y apatía, como si percibiera que entre su conocimiento y lo que podía decir hubiera un abismo tan profundo que no merecía la pena hacer ningún esfuerzo para cruzarlo. Era temido y aborrecido por la mayoría de sus alumnos y él respondía con una sonrisa distante e irónica. Era un hombre de estatura media, de rostro largo, con arrugas profundas, pulcramente afeitado, repetía el gesto impaciente de pasarse los dedos por su mata de pelo gris rizado. Su voz era plana y seca y salía a través de unos labios apenas móviles, sin expresión ni entonación,

sus dos últimos años de estudio como si fuese un tiempo irreal que perteneciera a otra persona, un tiempo que hubiese transcurrido no al paso normal al que estaba acostumbrado sino a trompicones. Un instante se yuxtaponía a otro, o bien se aislaba de él, y tenía la sensación de que había sido extirpado del tiempo y lo observaba pasar ante él como una gran maqueta girada desigualmente.

A veces, inmerso en sus libros, le venía a la cabeza la conciencia de todo lo que no sabía, de todo lo que no había leído y la serenidad con la que trabajaba se hacía trizas cuando caía en la cuenta del poco tiempo que tenía en la vida para leer tantas cosas, para aprender todo lo que tenía que saber.

instante, en alguien diferente al que había sido. Mientras su mente se entretenía con su asignatura, mientras lidiaba contra el poder de la literatura que había estudiado e intentaba entender su naturaleza, era consciente del cambio constante en su interior y, mientras era consciente de ello, salía de sí mismo y entraba en el mundo que le contenía, de manera que sabía que el poema de Milton que había leído o el ensayo de Bacon o el drama de Ben Jonson cambiaban el mundo del que eran sujetos,

Estás destinado al fracaso, y lo sabes. A pesar de que eres capaz de ser un hijo de puta, no eres lo bastante malvado para serlo de manera consistente

Una guerra no sólo mata a unos cuantos miles o a unos cuantos cientos de miles de jóvenes. Mata algo en la gente que no puede recuperarse nunca. Y si alguien pasa por suficientes guerras, pronto todo lo que queda es el bruto, la criatura que nosotros —usted y yo, y otros como nosotros— han sacado del fango». Hizo una pausa larga y a continuación dijo sonriendo débilmente: «A un universitario no debería pedírsele que destruya lo que ha consagrado su vida en construir».

Tuvo el suficiente tacto como para percatarse de la ambigüedad de su nuevo cargo y la suficiente habilidad para apreciar sus posibilidades. La relación con sus colegas era provisional y cortésmente evasiva.

la cara de la señora Bostwick era fofa y enfermiza, sin ninguna fuerza o delicadeza y dejaba ver las profundas huellas de lo que parecía una insatisfacción crónica.

Horace Bostwick era también alto, pero curiosa e insustancialmente recio, casi corpulento. Un mechón de cabello gris le serpenteaba por la cabeza casi calva y unos pliegues de pellejo se descolgaban de su mandíbula. Cuando hablaba a Stoner miraba directamente por encima de su cabeza como si viera algo detrás de él, y cuando Stoner le respondía tamborileaba con sus gruesos dedos sobre la insignia del centro de su chaleco.

Era una estereotípica mujer sureña. De familia antigua y algo empobrecida, había crecido con la presunción de que las circunstancias de necesidad bajo las que la familia vivía no eran las apropiadas para su rango. Se le había enseñado a procurarse alguna mejora en aquella condición, pero nunca le habían dado instrucciones precisas sobre dicha mejora. Se había casado con Horace Bostwick con aquel desafecto tan habitual en ella que formaba parte de su personalidad, y según pasaban los años la insatisfacción y la amargura crecían de manera tan general y dominante que no había manera de disiparlas. Su voz era alta y aguda y mantenía una nota de desesperanza que otorgaba un valor especial a todo lo que decía

Ambos llegaron al matrimonio inocentes, pero inocentes de manera radicalmente distinta. Los dos eran vírgenes y conscientes de su inexperiencia pero mientras William, criado en una granja, aceptaba con naturalidad los procesos instintivos de la vida, estos eran profundamente misteriosos e inexplicables para Edith. No sabía nada de ellos. Y algo en su interior no deseaba conocerlos.
Y así, como la de tantos otros, su luna de miel fue un fracaso, aunque no lo admitieran, y no se dieran cuenta del significado del fracaso hasta mucho tiempo después.

Él le hablaba de su trabajo, como había hecho durante el cortejo, pero su interés era superficial e indulgente

El forense apuntó un fallo cardiaco como la causa de la muerte, pero William Stoner siempre presintió que en un momento de enfado y desesperanza Sloane había deseado que su corazón se detuviera, como en un último gesto callado de amor y desprecio hacia un mundo que le había traicionado tan profundamente que no podía soportar continuar

mirándola durante largo rato. Sentía piedad distante, amistad desganada y respeto familiar, y sentía también una pena cansada, porque sabía que ya nunca más el verla le traería la agonía del deseo que una vez había conocido y sabía que nunca se emocionaría por tenerla cerca como antes le había sucedido. La tristeza disminuyó y la arropó con gentileza, apagó la luz y se metió en la cama junto a ella.

mientras restauraba el mobiliario y lo distribuía por la habitación, era él mismo el que iba poco a poco tomando forma, él mismo quien estaba siendo sometido a una especie de orden.

Sus vidas se habían consumido en un trabajo triste, rotas sus voluntades, sus inteligencias embotadas. Ahora yacían en la tierra a la que habían entregado sus vidas y, paulatinamente, año tras año, la tierra les acogería. Lentamente la humedad y la descomposición infestarían las cajas de pino que contenían sus cuerpos y, gradualmente, tocaría sus carnes hasta acabar consumiendo los últimos vestigios de sus sustancias. Y se convertirían en parte irrelevante de aquella obcecada tierra a la que en el pasado entregaron sus vidas

Grace jugaba con niños del vecindario, pero lo normal era que se sentara con su padre en su gran estudio y le observase mientras corregía ejercicios, o leía, o escribía. Le hablaba y conversaban —tan tranquilamente y con tanta seriedad que William Stoner se emocionaba con ternura impensable—. Grace pintaba dibujos desgarbados y fascinantes en hojas de papel amarillo y se los presentaba solemnemente a su padre, o le leía en voz alta su libro de lectura de primer curso. Por la noche, cuando Stoner la metía en la cama y regresaba a su estudio, notaba su ausencia y se consolaba sabiendo que ella dormía segura arriba. De manera casi inconsciente había empezado a educarla y observaba, maravillado y con amor, cómo crecía ante él y su rostro empezaba a mostrar la inteligencia que atesoraba dentro.

profundamente traicionadas cuando hablaba de ellas en sus clases; lo que estaba más vivo se marchitaba en sus palabras y lo que le emocionaba más se volvía frío al pronunciarlo.

direcciones predeterminadas en su aprendizaje. Intentaba leer al azar, por propio placer e indulgencia, muchas de las cosas que había estado años esperando poder leer. Pero la mente no le dejaba ir donde él quería, desviaba la atención de las páginas que tenía delante y cada vez más a menudo, se encontraba a sí mismo mirando inexpresivamente al frente, a la nada.

con la poca formación que se había procurado, se las había arreglado para llegar a una certeza: que a la larga todas las cosas, incluso el conocimiento que le permitía saber esto, eran fútiles y vacías y que al final empequeñecían hasta convertirse en una nada donde ya no cambiaban

Tenía cuarenta y dos años y ante él no veía nada de lo que deseara disfrutar y había poco de lo pasado que le importara recordar.

Sus ojos variaban de color al moverse por lo que, incluso en reposo, parecían no estar nunca quietos. Su piel, que en la distancia parecía fría y pálida, ocultaba un cálido tono rubicundo como el de un destello fluyendo bajo un trasluz lechoso. Y como la carne traslúcida, la paz, el porte y la reserva que había pensado que la definían, enmascaraban un calor, una alegría y un humor cuya intensidad era posible por la apariencia que la disfrazaba.

Ambos eran muy tímidos y se fueron conociendo despacio, a tientas; se acercaban y se separaban, se tocaban y se retiraban, sin que ninguno quisiera imponer al otro más de lo que le fuese grato. Día a día caían las capas de reserva que los protegían, por lo que finalmente fueron como son los extraordinariamente tímidos: cada uno abierto al otro, sin protección, perfectamente cómodos y sin conciencia de sí mismos.

Durante un momento se vio a sí mismo como debía parecer y lo que Edith decía era parte de lo que él veía. Vislumbraba un personaje que revoloteaba en anécdotas de bar y páginas de novelas baratas… un ser lamentable que se hacía mayor, incomprendido por su mujer, buscando mantenerse joven, liándose con una mujer mucho más joven, intentando torpe y neciamente recuperar esa juventud que ya no podía tener, un fatuo payaso en toda regla de quien el mundo se reía incómodo, apenado y desdeñoso

Además del recuerdo fugaz de sus primeros años en la granja de Booneville, llevaba siempre cerca de su consciencia el conocimiento sanguíneo de su herencia, transmitida por ancestros cuyas vidas fueron oscuras, duras y estoicas y cuya ética común era la de mostrar a un mundo opresivo rostros inexpresivos, duros y fríos.

se dio cuenta de la futilidad y el sinsentido de comprometerse por completo con las oscuras fuerzas irracionales que empujaban al mundo hacia su final incierto.

Ella era, él lo sabía —y lo había sabido muy pronto, suponía— una de aquellas personas extrañas y siempre encantadoras cuya naturaleza moral era tan delicada que debía alimentarse y cuidarse para que pudiera ser completa. Ajena al mundo, tenía que vivir en casa; ávida de ternura y paz, tenía que alimentarse de indiferencia, insensibilidad y ruido.

La suya era una belleza pasiva, casi plácida, su rostro era elegantemente inexpresivo, como una máscara; sus ojos azul claro te miraban directamente, sin curiosidad y sin la aprensión que se percibía tras ellos, su voz era muy dulce, algo átona, aunque raramente hablaba.

se sumergió en un feliz estado de agotamiento que esperaba que no se acabara nunca. Pensaba poco en el pasado o en el futuro, tampoco en las decepciones ni en las alegrías, concentraba todas las energías que poseía en su trabajo inmediato

El Gran Inquisidor. Feodor Dostoievski

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A partir de esta parábola relatada en Los hermanos Karamazov, que recrea la segunda venida y detención de Jesucristo en época de la Inquisición española, Dostoyevski hace una profunda y delicada reflexión sobre la fe, el sufrimiento, la naturaleza humana y el libre albedrío.

 

Si quieres éste es el rasgo fundamental del catolicismo, a mi juicio cuando menos: «Todo se lo diste al Papa, así que todo, ahora, está en poder del Papa, y no nos vengas ya con nada, no nos estorbes siquiera por algún tiempo». En este sentido no sólo hablan, sino que también escriben los jesuitas, por lo menos. Así lo he leído yo mismo en sus teólogos: «¿Tendrías Tú derecho a revelarnos uno solo de los misterios de ese mundo de donde vienes?», le pregunta mi anciano, y él mismo responde por Él: «No, no lo tienes, para no añadir nada a lo que ya una vez dijiste y no quitarle a la gente la libertad que tanto defendías cuando estabas en la Tierra. Todo cuanto de nuevo anunciases iría contra la libertad de creencia de la gente, porque aparecería como un milagro, y la libertad de creer en Ti era más preciada que todo entonces, hace mil años y medio. ¿No decías Tú entonces a menudo: “Quiero haceros libres…”? Pues he aquí que Tú ahora asombrarías a esa libre gente, añade de pronto el anciano con pensativa sonrisa».

Decide Tú mismo quién tenía razón: ¿Tú o aquel que te interrogaba? Recuerda la primera pregunta. Aunque no a la letra, su sentido es éste: «Tú quieres irle al mundo, y le vas, con las manos desnudas, con una ofrenda de libertad que ellos, en su simpleza y su innata cortedad de luces, ni imaginar pueden, que les infunde horror y espanto…, porque nunca en absoluto hubo para el hombre y para la sociedad humana nada más intolerable que la libertad. ¿Y ves Tú esas piedras en este árido y abrasado desierto?… Pues conviértelas en pan, y detrás de Ti correrá la Humanidad como un rebaño, agradecida y dócil, aunque siempre temblando, no sea que Tú retires tu mano y se le acabe tu pan».

¿Sabes que pasarán los siglos y la Humanidad proclamará, por la boca de su saber y de su ciencia, que no existe el crimen y, por consiguiente, tampoco el pecado, que sólo hay hambrientos? «¡Dales de comer, y entonces podrás exigirles que sean buenos!»

Ninguna ciencia les dará el pan mientras continúen siendo libres, sino que acabarán por traer su libertad y echarla a nuestros pies y decirnos: «Mejor será que nos impongáis vuestro yugo, pero dadnos de comer». Comprenderán, por fin, que la libertad y el pan de la Tierra, las dos cosas juntas para cada uno, son inconcebibles, porque nunca, nunca sabrán ellos repartírselos entre sí. Se convencerán asimismo de que tampoco pueden ser nunca libres, porque son apocados, viciosos, insignificantes y rebelde

la inquietud de esas lamentables criaturas no se reduce sólo a buscar aquello ante lo que yo u otro nos prosternamos, sino a buscar aquello en que todos crean y se prosternan, e irremisiblemente todos juntos.

sólo se apodera de la libertad de las gentes el que tranquiliza su conciencia.

Porque el misterio de la vida del hombre no estriba solamente en el hecho de vivir, sino en vivir para algo, sin una noción firme de para qué vive, el hombre no se resigna a vivir,

la tranquilidad, y hasta la muerte, son más estimables para el hombre que la libre elección con el conocimiento del bien y del mal

en cuanto el hombre rechaza el milagro, inmediatamente rechaza también a Dios, porque el hombre busca no tanto a Dios como al milagro.

Y en qué son culpables los demás hombres débiles que no pudieron aguantar lo que los fuertes? ¿En qué es culpable el alma débil que carece de fuerzas para reunir estos terribles dones? Pero ¿es que Tú viniste francamente sólo para los selectos y por los selectos?

Si hubieras seguido ese tercer consejo del poderoso espíritu habrías realizado cuanto el hombre busca en la Tierra, a saber: a quién adorar, a quién confiar su conciencia y el modo de unirse todos, finalmente, en un común y concorde hormiguero, porque el ansia de la unión universal es el tercero y último tormento del hombre.

pero Tú sólo tienes tus elegidos, en tanto nosotros a todos daremos la paz.

¡Oh! Nosotros los convenceremos de que sólo serán libres cuando deleguen en nosotros su libertad y se nos sometan. ¿Y qué importa que digamos verdad o mintamos? Ellos mismos se persuadirán de que verdad decimos al recordar los horrores de la servidumbre y confusión a que tu libertad los condujera. La libertad, el libre espíritu y la ciencia los llevarán a tales selvas y los pondrán frente a tales prodigios e insolubles misterios, que los unos, rebeldes y enfurecidos, se quitarán la vida; otros, rebeldes, pero apocados, se matarán entre sí, y los demás, débiles y desdichados, vendrán a echarse a nuestros pies

Sobrada, sobradamente estimarán ellos lo que significa someterse para siempre. Y en tanto los hombres no lo comprendan, habrán de ser desdichados

Entonces, nosotros le proporcionaremos la felicidad mansa, apacible, de los seres apocados como ellos.

Sí, nosotros les obligaremos a trabajar; pero en las horas de asueto, ordenaremos su vida como un juego de chicos, con infantiles canciones, coros e inocentes bailes. ¡Oh, los absolveremos de sus pecados; son débiles y sin bríos, y nos amarán como niños, por consentirles pecar! Les diremos que todo pecado será redimido si lo cometieron con nuestra venia; les permitiremos pecar, porque los amamos

sino que exista como convenio, como federación secreta, hace ya tiempo constituida para la custodia de los secretos, para guardarlos de los hombres infelices y apocados, con objeto de hacerlos dichosos.

Gilles Deleuze. Spinoza: filosofía práctica

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Humildad, pobreza y castidad se vuelven de inmediato efectos de una vida particularmente rica y sobreabundante, tan poderosa como para haber conquistado el pensamiento y puesto a sus órdenes cualquier otro instinto, efectos de lo que Spinoza llama Naturaleza:

la soledad del filósofo. Pues no puede integrarse en medio social alguno,

no podrán envenenar ni mutilar la vida, separarla de la potencia de pensar que va un poco más lejos que los fines de un Estado, de una sociedad 

Como mostrará Spinoza, en cualquier sociedad, se trata de obedecer y sólo de eso: por esta razón, las nociones de falta, de mérito y de demérito, de bien y de mal, son exclusivamente sociales y atañen a la obediencia y a la desobediencia.

tratado teológico-político, una de cuyas cuestiones principales es: ¿por qué el pueblo es tan profundamente irracional?, ¿por qué se enorgullece de su propia esclavitud?, ¿por qué los hombres luchan por su esclavitud como si se tratase de su libertad?, ¿por qué es tan difícil, no ya conquistar, sino soportar la libertad?, ¿por qué una religión que invoca el amor y la alegría inspira la guerra, la intolerancia, la malevolencia, el odio, la tristeza y el remordimiento

las leyes de la naturaleza son necesariamente aprehendidas como «signos» por los que tienen una fuerte imaginación y débil el entendimiento

la verdadera originalidad del Tratado estriba en considerar a la religión como un «efecto».[6] No sólo en el sentido causal, sino en un sentido óptico, efecto del que es necesario inquirir el proceso de producción para relacionarlo con sus causas racionales y necesarias en su actuación sobre los hombres que no las comprenden (

Con toda su forma tanto de vivir como de pensar erige Spinoza una imagen de la vida positiva, afirmativa,

el hombre odia la vida, se avergüenza de la vida; un hombre de la autodestrucción que multiplica los cultos a la muerte, que lleva a efecto la sagrada unión del tirano y del esclavo, del sacerdote, el juez y el guerrero, siempre ocupado en poner cercos a la vida, en mutilarla, matarla a fuego lento o vivo, enterrarla o ahogarla con leyes, propiedades, deberes, imperios: tal es lo que Spinoza diagnostica en el mundo, esta traición al universo y al hombre. Su biógrafo Colerus refiere que disfrutaba con las luchas de arañas: «Buscaba arañas a las que hacía luchar entre ellas, o bien moscas a las que lanzaba a la tela de araña, y contemplaba después estas batallas con tanto placer que algunas veces no podía contener la risa».[9] Pues los animales nos enseñan al menos el carácter irreductiblemente exterior de la muerte. No la llevan en sí mismos, aunque se la den necesariamente los unos a los otros; se trata de la muerte como «mal encuentro» inevitable en el orden de las existencias naturales

las demostraciones son los «ojos del espíritu».

Se trata del tercer ojo, del que permite ver la vida más allá de todas las apariencias falsas, las pasiones y las muertes. Para una visión tal son necesarias las virtudes —humildad, pobreza, castidad, frugalidad—, ya no como virtudes que mutilan la vida, sino como potencias que la abrazan y la penetran.

la gran tesis teórica del spinozismo: una sola substancia que consta de una infinidad de atributos, Deus sive Natura

paralelismo; no consiste solamente en negar cualquier relación de causalidad real entre el espíritu y el cuerpo, sino que prohíbe toda primacía de uno de ellos sobre el otro.

Moral como empresa de dominio de las pasiones por la conciencia: cuando el cuerpo actuaba, el alma padecía, se afirmó, y el alma no actuaba sin que el cuerpo padeciese a su vez

Según la Ética, por el contrario, lo que es acción en el alma es también necesariamente acción en el cuerpo, y lo que es pasión en el cuerpo es también necesariamente pasión en el alma.[13]

la conciencia es naturalmente el lugar de una ilusión. Su naturaleza es tal que recoge los efectos pero ignora las causas

Nuestra situación es tal que sólo recogemos «lo que le sucede» a nuestro cuerpo, o «lo que le sucede» a nuestra alma, es decir, el efecto

ignorantes de causas y naturalezas, reducidos a la conciencia del acontecer, condenados a sufrir efectos cuya ley no llegan a comprender, son los esclavos de cada cosa, ansiosos e infelices en la medida de su imperfección.

opera una triple ilusión. Puesto que sólo recoge efectos, la conciencia remediará su ignorancia trastocando el orden de las cosas, tomando los efectos por las causas

La conciencia es sólo un soñar despierto. «Así es como un niño cree desear libremente la leche; un joven furioso, la venganza; y un cobarde, la huida. Un borracho también cree decir, por un libre decreto del espíritu, lo que sereno nunca querría haber dicho.»

Spinoza define ocasionalmente el deseo como «el apetito con conciencia de sí mismo»

«no nos inclinamos por algo porque lo consideramos bueno, sino que, por el contrario, consideramos que es bueno porque nos inclinamos por ello»

apetito no es más que esfuerzo por el que cada cosa se esfuerza en perseverar en su ser, cada cuerpo en la extensión, cada alma o cada idea en el pensamiento (conatus)

Pero puesto que este esfuerzo nos empuja a diferentes acciones de acuerdo al carácter de los objetos con los que nos encontramos, tendremos que afirmar que está en cada instante determinado por las afecciones procedentes de los objetos.

, la conciencia aparece como el sentimiento continuo de este paso de más o menos, de menos o más,

El objeto que conviene a mi naturaleza me determina a formar una totalidad superior que nos comprende, a él mismo y a mí. El que no me conviene pone mi cohesión en peligro y tiende a dividirme en subconjuntos que, en el límite, entran en relaciones incompatibles con mi relación constitutiva (muerte

La conciencia es el paso o, más bien, el sentimiento del paso de estas totalidades menos poderosas a totalidades más poderosas, e inversamente.

Es puramente transitiva. Pero no es propiedad del todo, ni de algún todo en particular; sólo tiene el valor de una información necesariamente confusa y mutilada.

todos los fenómenos que agrupamos bajo la categoría del Mal, las enfermedades, la muerte, son descomposición de la relación.[

Bueno y malo tienen así un primer sentido, objetivo aunque relativo y parcial: lo que conviene a nuestra naturaleza, y lo que no le conviene.

De este modo, la Ética, es decir, una tipología de los modos inmanentes de existencia, reemplaza la Moral, que refiere siempre la existencia a valores trascendentes.

moral es el juicio de Dios, el sistema del Juicio. Pero la Ética derroca el sistema del juicio. Sustituye la oposición de los valores (Bien-Mal) por la diferencia cualitativa de los modos de existencia (bueno-malo).

La ilusión de los valores está unida a la ilusión de la conciencia;

La ley es siempre la instancia trascendente que determina la oposición de los valores Bien-Mal; el conocimiento, en cambio, es la potencia inmanente que determina la diferencia cualitativa entre los modos de existencia bueno-mal

tres figuras ejemplares distintas: el hombre de pasiones tristes, el hombre que se sirve de estas pasiones tristes, que las necesita para asentar su poder, y, finalmente, el hombre a quien entristece la condición humana, las pasiones del hombre en general

El esclavo, el tirano y el sacerdote… la trinidad moralista.

consiste en engañar a los hombres disfrazando con el nombre de religión el temor con el que se les quiere meter en cintura; de modo que luchen por su servidumbre como si se tratase de su salvación».

La vida queda envenenada por las categorías del Bien y del Mal, de la culpa y el mérito, del pecado y la redención.[27] Lo que la envenena es el odio, comprendiendo también en él el odio vuelto contra sí mismo, la culpabilidad.

La verdadera ciudad propone a los ciudadanos más el amor a la libertad que esperanzas de recompensa o incluso la seguridad de los bienes;

pues «a los esclavos y no a los hombres libres es a quienes se recompensa por su buen comportamiento

Antes que Nietzsche, denuncia ya todas las falsificaciones de la vida, todos los valores en cuyo nombre despreciamos la vida; no vivimos, sólo llevamos una apariencia de vida, no pensamos sino en evitar la muerte, y toda nuestra vida es un culto a la muerte.

la Ética es una etología