Russell Banks. Aflicción

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he sentido vergüenza y rabia prácticamente desde que nací, y estoy acostumbrado a mantener con el mundo esas dos relaciones oblicuas.

la mayoría de las personas no cambian, sobre todo vistas de cerca; simplemente se hacen más complicadas

Preocupado por las minucias de mi propia vida, le escuchaba como quien ve un aburrido serial de televisión y está demasiado absorto o distraído con los detalles de su existencia como para levantarse a cambiar de canal.

Muchas veces los hijos crecen antes que los padres, obligándolos a madurar. Aunque no tengo hijos y no estoy casado, lo sé

los que se han quedado siguen obstinadamente apegados como lapas a los fragmentados restos de los ritos sociales que antaño conferían un sentido a su vida: les encantan los regalos de novia, las bodas, los cumpleaños, los entierros, las fiestas de temporada, los festejos nacionales e incluso los días de elecciones.

Hay una especie de fuerte conservadurismo que ayuda a los habitantes a superar el abandono de sus hijos más dotados e interesantes a lo largo de varias generaciones. Los que se quedan se sienten incapaces, insuficientes, estúpidos e ineptos, parece que todo el que tiene inteligencia y ambición, todo el que es capaz de vivir en un mundo más amplio, se ha marchado.

parejas de ancianos, viudas y viudos abandonados por sus hijos ya mayores a cambio de la vida más animada de ciudades y capitales. Algunos se quedan en Lawford, desde luego, y otros —después de combatir y resultar heridos en alguna guerra o echar a perder su matrimonio en otra parte— vuelven a la casa paterna y se ponen a trabajar en una gasolinera o de peluqueras. Sus padres los consideran unos fracasados y ellos se comportan como les corresponde.

Comparada con aquel cálido y dorado resplandor, su vida de entonces le parecía gris, fría y tremendamente limitada, y al mirar cada vez más con una mezcla de envidia y tristeza a las personas como Jack Hewitt —guapos jóvenes enamorados de bellas muchachas que les correspondían—, tenía que hacer un esfuerzo para sofocar la rabia. Por la noche, solo en la cama, había establecido muchas veces relaciones entre rabia y tristeza, entre envidia, tristeza y amor,

todo el pueblo de Lawford y el propio valle están firmemente alineados en profundas y necesarias simetrías que, como la misma muerte, ordenan el caos natural del mundo que parece rodearlo.

Se incorporó entre las enredadas sábanas y mantas como una marsopa que emerge a la superficie, sobresaltado por el mero hecho de estar despierto y luego por el ambiente frío, por la visión de su desordenada habitación, por el olor a cerveza rancia, a colillas y a su propio aliento nocturno, por la voz de Kenny Rogers que graznaba en la radio despertador sobre la caja de plástico azul de las botellas de leche, de modo que las imágenes que había estado soñando desaparecieron casi al instante como el recuerdo de una vida anterior, menos evolucionada e intensa, consumida entre cuñas de sombra y verdeantes rayos de luz.

Examinados desde cierto ángulo, sus rasgos constituyen un ejemplo clásico de un antiguo tipo de rostro del norte de Europa. Es el rostro firme, de pómulos altos y espesas cejas, que surgió en las marismas por primera vez en esa forma hace veinte o treinta mil años entre épocas glaciares en las orillas meridionales del Báltico, entre hordas de cazadores y recolectores que emigraban al mar occidental expulsados de sus fértiles asentamientos del estuario por un pueblo más alto, blanco y guerrero que conocía la agricultura y poseía herramientas, armas ingeniosas y principios de organización social que le permitían conquistar y esclavizar a otras tribus. un rostro apretado, arrugado y marcado por fruncir pensativamente durante milenios los finos labios sobre rastros y deyecciones de animales,

de modo que no es sorprendente que la vida de los habitantes del sur de esa línea parezca reflejar desde el principio la generosidad y templanza del clima, mientras que los que viven al norte de ella reflejan en su vida cotidiana la austeridad, la pura malicia y el tedio extremo del tiempo que padecen.

Cuarenta años de fuerte consumo de whisky y filetes pueden convertir el cuerpo de un bailarín y el rostro de un músico en los de un político corrupto.

que al disponer por primera vez en su vida de unos miles de dólares más de lo que necesitaban para la subsistencia se habían ido a Florida, Arizona y California, habían comprado un remolque o un apartamento en una urbanización y, con la piel curtida como el cuero, esperaban la muerte jugando al tejo todo el día

porque al fin y al cabo era lo bastante inteligente y honrado como para saber que con sus cuarenta años seguiría solo, pobre, deprimido, alcohólico y violento en cualquier otra parte.