El Gran Inquisidor. Feodor Dostoievski

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A partir de esta parábola relatada en Los hermanos Karamazov, que recrea la segunda venida y detención de Jesucristo en época de la Inquisición española, Dostoyevski hace una profunda y delicada reflexión sobre la fe, el sufrimiento, la naturaleza humana y el libre albedrío.

 

Si quieres éste es el rasgo fundamental del catolicismo, a mi juicio cuando menos: «Todo se lo diste al Papa, así que todo, ahora, está en poder del Papa, y no nos vengas ya con nada, no nos estorbes siquiera por algún tiempo». En este sentido no sólo hablan, sino que también escriben los jesuitas, por lo menos. Así lo he leído yo mismo en sus teólogos: «¿Tendrías Tú derecho a revelarnos uno solo de los misterios de ese mundo de donde vienes?», le pregunta mi anciano, y él mismo responde por Él: «No, no lo tienes, para no añadir nada a lo que ya una vez dijiste y no quitarle a la gente la libertad que tanto defendías cuando estabas en la Tierra. Todo cuanto de nuevo anunciases iría contra la libertad de creencia de la gente, porque aparecería como un milagro, y la libertad de creer en Ti era más preciada que todo entonces, hace mil años y medio. ¿No decías Tú entonces a menudo: “Quiero haceros libres…”? Pues he aquí que Tú ahora asombrarías a esa libre gente, añade de pronto el anciano con pensativa sonrisa».

Decide Tú mismo quién tenía razón: ¿Tú o aquel que te interrogaba? Recuerda la primera pregunta. Aunque no a la letra, su sentido es éste: «Tú quieres irle al mundo, y le vas, con las manos desnudas, con una ofrenda de libertad que ellos, en su simpleza y su innata cortedad de luces, ni imaginar pueden, que les infunde horror y espanto…, porque nunca en absoluto hubo para el hombre y para la sociedad humana nada más intolerable que la libertad. ¿Y ves Tú esas piedras en este árido y abrasado desierto?… Pues conviértelas en pan, y detrás de Ti correrá la Humanidad como un rebaño, agradecida y dócil, aunque siempre temblando, no sea que Tú retires tu mano y se le acabe tu pan».

¿Sabes que pasarán los siglos y la Humanidad proclamará, por la boca de su saber y de su ciencia, que no existe el crimen y, por consiguiente, tampoco el pecado, que sólo hay hambrientos? «¡Dales de comer, y entonces podrás exigirles que sean buenos!»

Ninguna ciencia les dará el pan mientras continúen siendo libres, sino que acabarán por traer su libertad y echarla a nuestros pies y decirnos: «Mejor será que nos impongáis vuestro yugo, pero dadnos de comer». Comprenderán, por fin, que la libertad y el pan de la Tierra, las dos cosas juntas para cada uno, son inconcebibles, porque nunca, nunca sabrán ellos repartírselos entre sí. Se convencerán asimismo de que tampoco pueden ser nunca libres, porque son apocados, viciosos, insignificantes y rebelde

la inquietud de esas lamentables criaturas no se reduce sólo a buscar aquello ante lo que yo u otro nos prosternamos, sino a buscar aquello en que todos crean y se prosternan, e irremisiblemente todos juntos.

sólo se apodera de la libertad de las gentes el que tranquiliza su conciencia.

Porque el misterio de la vida del hombre no estriba solamente en el hecho de vivir, sino en vivir para algo, sin una noción firme de para qué vive, el hombre no se resigna a vivir,

la tranquilidad, y hasta la muerte, son más estimables para el hombre que la libre elección con el conocimiento del bien y del mal

en cuanto el hombre rechaza el milagro, inmediatamente rechaza también a Dios, porque el hombre busca no tanto a Dios como al milagro.

Y en qué son culpables los demás hombres débiles que no pudieron aguantar lo que los fuertes? ¿En qué es culpable el alma débil que carece de fuerzas para reunir estos terribles dones? Pero ¿es que Tú viniste francamente sólo para los selectos y por los selectos?

Si hubieras seguido ese tercer consejo del poderoso espíritu habrías realizado cuanto el hombre busca en la Tierra, a saber: a quién adorar, a quién confiar su conciencia y el modo de unirse todos, finalmente, en un común y concorde hormiguero, porque el ansia de la unión universal es el tercero y último tormento del hombre.

pero Tú sólo tienes tus elegidos, en tanto nosotros a todos daremos la paz.

¡Oh! Nosotros los convenceremos de que sólo serán libres cuando deleguen en nosotros su libertad y se nos sometan. ¿Y qué importa que digamos verdad o mintamos? Ellos mismos se persuadirán de que verdad decimos al recordar los horrores de la servidumbre y confusión a que tu libertad los condujera. La libertad, el libre espíritu y la ciencia los llevarán a tales selvas y los pondrán frente a tales prodigios e insolubles misterios, que los unos, rebeldes y enfurecidos, se quitarán la vida; otros, rebeldes, pero apocados, se matarán entre sí, y los demás, débiles y desdichados, vendrán a echarse a nuestros pies

Sobrada, sobradamente estimarán ellos lo que significa someterse para siempre. Y en tanto los hombres no lo comprendan, habrán de ser desdichados

Entonces, nosotros le proporcionaremos la felicidad mansa, apacible, de los seres apocados como ellos.

Sí, nosotros les obligaremos a trabajar; pero en las horas de asueto, ordenaremos su vida como un juego de chicos, con infantiles canciones, coros e inocentes bailes. ¡Oh, los absolveremos de sus pecados; son débiles y sin bríos, y nos amarán como niños, por consentirles pecar! Les diremos que todo pecado será redimido si lo cometieron con nuestra venia; les permitiremos pecar, porque los amamos

sino que exista como convenio, como federación secreta, hace ya tiempo constituida para la custodia de los secretos, para guardarlos de los hombres infelices y apocados, con objeto de hacerlos dichosos.

Documental ¿Quiénes sómos? ¿a dónde vamos?.

El misterio del vacío de las partículas.

  • Los átomos no son cosas, sino tendencias. El cerebro elige una de esas tendencias, opciones, posibilidades. La “conciencia” elige. El observador elige. Pero ¿Dónde esta ese observador? No hay “nadie” en el cerebro. Aun así parece que podemos ser capaces de influenciar al observador, para que a su vez modifique la realidad. Nadie ha visto una idea.

  • Cualquier información que procesamos está empañada por las experiencias y reacciones emocionales. Construimos modelos en base a esas informaciones empañadas, la realidad la vamos puliendo de esa forma.

  • (en el cerebro se activan las mismas áreas para memorizar una mesa que para verla)

  • Actuar ocasiona conectar neuronas. Si repetimos acciones o pensamientos hacemos fijas esas conexiones y lo contrario, si no las usamos, se rompen. Plasticidad en la red neuronal.

  • Las conexiones neuronales ocasionan respuestas a las células nerviosas e hipotálamo. La identidad se encuentra en esas células nerviosas.

  • Las células tienen conciencia (hambre, deseos, etc)

  • Las células tienen antojos bioquímicas que son cumplidos por las pectinas del hipotálamo (emociones)

  • Las células son adictas a esas emociones, lo que ocasiona nuestros actos.

  • Ser bueno es serlo para uno mismo.

https://www.youtube.com/watch?v=sKBosxbfckk

La ilusión del yo. Francisco Rubia

El yo sería una construcción ilusoria que aísla al sujeto de su entorno haciéndole creer que tiene una autonomía que no es real.

Cuando nos levantamos por la mañana nuestro yo se despierta unido a la consciencia. Vuelven los recuerdos del día anterior y los planes para el futuro. En una palabra: nos convertimos en esa persona que identificamos con la palabra “yo

El filósofo estadounidense Daniel Dennett llamó a este proceso el Teatro Cartesiano, es decir, una especie de quimera de que en alguna parte del cerebro existe un lugar donde todos los sucesos mentales convergen y son experimentados.

David Hume decía: “Por mi parte, cuando entro más íntimamente en lo que llamo mí mismo (myself) siempre tropiezo con alguna percepción particular de calor o frío, luz o sombra, amor u odio, dolor o placer. En ningún momento puedo nunca cogerme a mí mismo sin una percepción, y nunca puedo observar nada excepto la percepción. Cuando desaparecen mis percepciones por algún tiempo, como cuando estoy profundamente dormido, durante tal tiempo estoy insensible a mí mismo y puede en verdad decirse que no existo”.

Como vemos, para Hume el yo no es más que un haz de percepciones. Veinticuatro siglos antes Gauthama Buda había llegado a la misma conclusión.

Respecto al alma. No tenemos ninguna prueba de la existencia de algo permanente en nosotros mismos. Todo lo que nos rodea y todo lo que somos, biológicamente hablando, es efímero y perecedero.

Sabemos que el cerebro construye un modelo del mundo exterior y que teje las experiencias para formar una historia coherente que le permita interpretar y predecir futuras acciones.

Hoy sabemos que todo lo que experimentamos se procesa en patrones de actividad neural que conforman nuestra vida mental. Y no tenemos ninguna conexión directa con la realidad exterior. Vivimos, pues, en una realidad virtual.

el filósofo napolitano Giambattista Vico “si los sentidos son facultades, viendo hacemos los colores de las cosas, degustándolas, sus sabores, oyéndolas sus sonidos, y tocándolas, hacemos lo frío y lo caliente”.

El filósofo empirista irlandés, el obispo George Berkeley, decía que sólo conocemos lo que percibimos, de manera que sus contemporáneos discutieron si cuando caía un árbol en el bosque y nadie estuviera presente para escucharlo haría algún ruido. Por lo que hoy sabemos no habría ningún ruido, ya que el sonido no es ninguna cualidad de la realidad absoluta, sino sólo de la nuestra. Los colores, los sonidos, los gustos y los olores no existen ahí afuera, sino que son atribuciones de nuestra mente. Ahí afuera no existen más que radiaciones electromagnéticas de distintas longitudes de onda que incidiendo sobre nuestros receptores producen potenciales eléctricos, los potenciales de acción, que son todos iguales provengan del ojo, del oído, del gusto, del olfato o del tacto. Es en las distintas regiones de la corteza donde se atribuyen las cualidades secundarias. De ahí que la lesión de la región cortical donde se procesa la visión cromática tenga como resultado que el paciente se vuelva acromático y no sólo no vea colores sino que ni siquiera sueñe con ellos.

En la construcción de ese mundo interior, si falta alguna información, el cerebro la suple para generar una historia plausible aunque no sea completamente exacta.

De la misma manera, el cerebro crea el yo consciente, aunque aún no sepamos cómo, y a partir de la actividad neuronal se pasa a un concepto tan abstracto como ese. El yo sería una construcción ilusoria que aísla al sujeto de su entorno haciéndole creer que tiene una autonomía que no es real. Tanto lo que llamamos yo como consciencia son construcciones cerebrales que encierran el gran problema de la neurociencia, a saber, cómo se pasa de la actividad neuronal a las impresiones subjetivas. Es lo que el filósofo australiano David Chalmers ha llamado el “problema difícil” de la consciencia. El paso de lo objetivo a lo subjetivo.

¿Qué sentido tendría esa ilusión del yo? Se ha argumentado que la razón es simplemente la función de predecir la conducta de los otros

Esta última afirmación nos llevaría a relacionar la auto-consciencia con las neuronas espejo que nos permiten “reflejar” en el cerebro actos motores, pero también emociones e intenciones de los demás.